El otro día estaba oyendo cómo un hijo preguntaba a su padre acerca del momento exacto en el que deja de ser de día y comienza a ser de noche. Los lectores de este blog adivinarán que es una pregunta mal formulada. «Día» y «noche» parecen categorías binarias contrapuestas (como lo son «par» e «impar») pero son solo rangos dentro de un espectro. En ese sentido, son más asimilables a «alto» y «bajo».

«Cártel» y «sindicato» parecen también términos estancos, de contornos concretos e intersección nula. Además, los unos son malos (excepto, diríase, los de los productores asturianos de sidra, según noticias como esta o esta) mientras que los otros son buenos. De modo que los unos están prohibidos y perseguidos mientras que los otros gozan del parabién constitucional y toda suerte de ventajas legales y fiscales.

Así las cosas, si unos cuantos agentes económicos desean coordinarse para fijar precios, tienen dos opciones. Una es hacerlo soterradamente, por debajo del radar de las autoridades de la competencia. Otra más original es la de adoptar la forma de un sindicato, transitando la senda constitucional para hacerlo de forma abierta y pública. Porque los contornos de «cártel» y «sindicato» son más difusos de lo que aparentan en primera aproximación.

Y para dar fe de ello y que no parezca que lo anterior es una mera elucubración mía, enlazo a Matt Levine, que escribe en Buy Low, Sell to Yourself sobre una situación concreta que habita en los enclaves, exclaves y meandros que configuran la frontera entre ambos conceptos.