Why read novels? — Dynomight analiza varios argumentos sobre los motivos por los que merece la pena leer novelas, incluido el de la señalización del estatus, la creación de un lenguaje cultural común, la particular posibilidad de introspección que ofrecen las novelas en comparación con otro tipo de formatos y el entrenamiento de la regulación de la dopamina y la atención. Llega a la conclusión tentativa de que leer novelas es, probablemente, el mejor uso del tiempo libre en muchas situaciones no tanto por su superioridad absoluta con respecto a muchas otras actividades como por su disponibilidad; en particular, no siempre puede uno tener conversaciones interesantes y leer novelas puede resultar un sustituto adecuado.

How harmful is the decline in long-form reading? — Tyler Cowen sostiene que la transición de la lectura hacia una cultura más oral y visual es un proceso que comenzó con la emergencia de la radio y el cine hace cien años sin que eso haya planteado grandes problemas hasta la fecha. Ofrece dos diagnósticos. El primero es optimista: ya nos hemos adaptado antes y podemos volver a hacerlo; el segundo, pesimista: la lectura ya estaba en declive y TikTok le ha dado la puntilla, reemplazando definitivamente la objetividad analítica por un sistema de consumo de información mucho más volátil y fragmentario.

‘Russians hungry but not starving’ — Ed West argumenta que los especialistas (y, en particular, los periodistas) tienden a errar más que los predictores civiles porque aquellos están ideológicamente sesgados (o capturados) y no tienen carne en el asador.

Alberto Olmos da cuenta De cómo Borges se convirtió en el funcionario perfecto**, una crítica —podría añadirse que poco amable— a la figura humana del literato.

Sobre la conveniencia o no de prohibir el acceso de los menores a las redes sociales, tres enlaces con distinta valencia:

Sospecho que parte del problema tiene que ver con una petición de principio: las redes sociales han de permitirse o a todos o a ninguno de los menores, sin posibilidad de distingos. Por muchos motivos, entre ellos dos: uno, la dificultad de introducirlos en la legislación y, otro, el efecto de la presión social (de aquellos menores que tuviesen acceso a las redes sociales sobre los que no) que haría que el único punto de equilibrio bajo la libertad de uso fuese que todos acabasen en ellas.