Se ha escrito por ahí que las estadísticas que reflejan un descenso de la tasa de homicidios en EEUU están confundidas (en el sentido estadístico del término) por la mejora en la asistencia sanitaria, gracias a la cual, los fallecidos por esa causa son menos ahora que antes. Pero Scott Alexander refuta esa hipótesis en este artículo.
When Agencies Collaborate: What EEID Teaches Us About Pandemic Preparedness elabora una idea que, creo, conocemos todos sobradamente: que la falta de preparación ante pandemias es un reto organizativo y político más que científico. Por su parte, el siempre excéntrico W.M. Briggs sostiene aquí que la ciencia es incapaz de justificar por sí misma la obligatoriedad del uso de medicamentos en tanto que no puede emitir juicios morales sobre lo que debería hacerse.
En la época del covid, en los inicios de la pandemia, se publicó en El País un artículo —imposible recordar el enlace años después— en el que se citaba la opinión de una científica que sostenía que la peligrosidad (en términos de la letalidad) del covid era similar a la de la gripe. El artículo fue posteriormente corregido y su opinión eliminada. Ahora, al menos, según esto, parece que no andaba tan desencaminada (vacunación y exposición mediante).
Siempre se habla de las ideas políticas y de los «problemas sociales» que importamos acrítica e injustificadamente de los EEUU. Ahora, Scott Alexander lista aquí una serie de problemas que, según él, los EEUU han importado acrítica e injustificadamente desde Europa, como el conflicto entre jóvenes y viejos o ciertos discursos y «narrativas» sobre la inmigración.
Hay otro debate abierto sobre la idoneidad del sistema presidencial estadounidense. Algunos lo defienden en tanto que garantiza una separación más nítida entre los poderes legislativo y ejecutivo que en regímenes de corte parlamentario. Otros sostienen lo contrario. Como Matthew Yglesias en este artículo. Un argumento similar y más profundo es el de Joseph Heath en Observations on the U.S. constitutional crisis.
Robin Hanson critica a los «intelectuales públicos» por no contextualizar sus argumentos.. En el ámbito académico, los artículos parten de una base de conocimiento previo, de referencias en la literatura, y construyen incrementalmente sobre ella. Cosa que es innegable que, en demasiadas ocasiones, los intelectuales públicos omiten. Pero que, según Hanson, favorecería el flujo de información y enriquecería el debate.
Para Tyler Cowen, juzgar moralmente a personas famosas y semifamosas es perder miserablemente el tiempo.
Al parecer, en EEUU, los pacientes negros experimentan mejores resultados médicos cuando los atiende un facultativo negro que cuando no y, según Nicholas Decker, eso se debe a una mayor confianza y una mejor comunicación.
Alex Tabarrok sostiene que lo que lo hace reprochable el plagio no es tanto el robo de las ideas del autor original como el engaño que se hace al lector. No obstante, el tratamiento legal del asunto se centra en lo primero porque es mucho más fácil de perseguir y detectar (además, supongo, de lo problemático de la acción colectiva de la multitud de «lectores perjudicados»).
Sabine Hossenfelder analiza la idea de que la Generación Z podría estar volviéndose menos inteligente, tal como parece indicar la reciente desaceleración o ligera caída de las puntuaciones del coeficiente intelectual en algunos países. Argumenta que estos cambios probablemente se deben más a factores ambientales que un descenso real de la capacidad intelectual. Parte del argumento consiste en señalar que tests de inteligencia miden ciertas habilidades específicas y pueden no reflejar bien cómo cambia la forma de pensar en contextos tecnológicos nuevos.