Por inercia, muchos tendemos a pensar en Suecia como un ejemplo de implementación de un tipo de «socialismo democrático». Sin embargo, Adrian Wooldridge sostiene que el país es, más bien, un ejemplo de políticas «neoliberales» —cheques escolares, recortes fiscales, desregulación— que comenzaron a implantarse en los noventa y a los que, según él, se debe su actual «florecimiento».
The Economist recoge la opinión de Carson Block de Muddy Waters Research sobre el impacto de la IA en la economía a medio y largo plazo. En resumen, que la IA desplazará a una proporción significativa de trabajadores «del conocimiento» y cuyos ahorros para la jubilación sostienen los índices bursátiles estadounidenses. La retirada de estos fondos podría hundir los mercados. Finalmente, podrían llegar a estabilizarse los mercados, pero la dificultad principal residiría en reordenar una sociedad en la que el crecimiento ya no genera empleo. (Argumentos de este tipo se han escrito en muchas partes; lo relevante aquí es que los recoja The Economist.)
David Oks explica por qué los servicios de ambulancia son tan caros —e impredecibles— en los EEUU. No se debe tanto a la codicia de los operadores, sino a un error de diseño del mercado: los servicios se abonan por viaje, como si se tratase de un coste variable; sin embargo, el coste es esencialmente fijo: disponibilidad 24/7 y capacidad de reserva. Tendría más sentido, como en muchos países de Europa, pagar una cuota fija por el derecho a usar el servicio —por ejemplo, a través de impuestos— para cubrir el nivel deseado de disponibilidad, y luego cobrar un importe más razonable —que en algunos casos podría ser de cero— para el uso propiamente dicho. (Aunque, ¿qué ocurriría si se analizase el negocio comparándolo con el de los taxis?)
Se ve que existe la posibilidad (¿solamente teórica?) de desviar la ruta de ciertos fenómenos atmosféricos extremos mediante pequeñas perturbaciones adecuadamente orquestadas en la atmósfera. Así, p.e., podría evitarse que un tornado afectase a una zona densamente poblada. Pero ese poder plantea problemas éticos y, en última instancia, políticos: si se desvía, ¿hacia dónde?; ¿compensarían los ganadores a los perjudicados?, etc.
Hanno Lustig argumenta que la idea tradicional de que Europa y EEUU simplemente eligieron puntos distintos en la frontera entre eficiencia y equidad ha dejado de ser válida. Según él, la opción europea ha desplazado esa frontera hacia dentro y, al automarginarse de la revolución de la IA, Europa ha renunciado al crecimiento mientras su base fiscal se erosiona año tras año, lo que hace insostenible su modelo social a largo plazo.
A Luis Garicano y a Jesús Saa-Requejo les preocupa que las potencias que controlan la IA puedan dejar Europa a ciegas, sobre todo tras el reciente episodio relacionado con los modelos más avanzados de Anthropic. Su idea no es tratar de competir directamente en la creación de «modelos frontera» —según ellos, es demasiado tarde ya para Europa— sino, más bien, crear un modelo regulatorio, económico y tecnológico en el que sea posible sustituir un modelo por otro manteniendo la propiedad de los datos, los servicios y, en última instancia, el conocimiento.
Matthew Yglesias especula con que el desencanto de los jóvenes con el capitalismo deriva sobre todo de la insatisfacción con el mercado de la vivienda, su principal consumo y, paradójicamente, el sector menos capitalista de la economía. Así que, según él, sería conveniente reformar este área de la economía para que funcione más propiamente como un mercado —revisando la regulación, repensando la «zonificación», etc.— para mejorar el nivel de vida de las nuevas generaciones y, de paso, rehabilitar la imagen del capitalismo.