La obra The New Dark Ages de James Marriott trata del declive de la lectura y de la concomitante vuelta a la oralidad: las pantallas desplazan a los libros y a los periódicos; las ideas se difunden por «tiktoks», pódcasts y discursos en vivo en lugar de por textos. La cultura oral favorece la repetición, la concreción y el símbolo —de ahí oradores como Charlie Kirk o Donald Trump— frente al razonamiento lógico y abstracto que solo la escritura permite articular adecuadamente. Ed West también reseña el libro y hace hincapié en el hecho de que la democracia y la Ilustración guardan una estrecha relación con el auge de la lectura y que tal vez podrían no sobrevivir a su declive, sobre todo si las élites renuncian a constituirse en vanguardia cultural. Menciona el término «postalfabetización» al que, seguro, se le puede sacar mucha punta.

Ed West también glosa el clásico de Neil Postman Amusing Ourselves to Death, de 1985, para argumentar que la televisión inició el fin del «Imperio de la Razón», fundamentado en la imprenta. Frente a la cultura tradicional, la televisión trivializa política, religión y debate y favorece la mentira y la corrupción. No hará falta prohibir libros cuando nadie quiera leerlos. Huxley estuvo más acertado que Orwell.

Los últimos resultados de PISA acaban con la esperanza de rebote tras la pandemia: en los países ricos, las notas caen aún más, la brecha entre alumnos buenos y malos es la mayor jamás registrada y un 20% de los adolescentes rinde mal, frente al 16% de cuatro años antes. El artículo culpa a la combinación de absentismo escolar persistente, pantallas y redes sociales —que reducen la práctica de lectura compleja— y políticas educativas complacientes. Pero cita a Inglaterra como contraejemplo: gracias a un currículo rico en conocimientos, exámenes exigentes e inspecciones serias, aventaja a Escocia, que, pese a gastar más por alumno, va cada vez peor.

Asterisk repasa la destrucción del currículo educativo tradicional escocés, rico en contenidos que llegó a ser de los mejores del mundo, desmantelado durante décadas de reformas que reemplazaron «conocimientos» por «habilidades cognitivas generales». El resultado: puntuaciones internacionales en caída continua, más desigualdad y ningún beneficio demostrado, en línea con lo ocurrido en Francia, Japón, Suecia o Quebec tras reformas parecidas. El autor sostiene que el modelo de habilidades se apoya en una teoría errónea —no existen destrezas generales transferibles independientes del conocimiento— y en afinidades ideológicas en todo el espectro político que lo hacen casi inasequible a la reforma pese a su fracaso.

Alex Tabarrok escribe sobre cómo Hannah-Jones reconoce que escolarizar a su hija por motivos ideológicos en un colegio segregado de Nueva York perjudicó a la niña. Tabarrok admite su valentía personal pero se sorprende de que a pesar de la experiencia vivida, no haya revisado su filosofía educativa: el problema no reside en la —Nueva York gasta más de 40.000 dólares por alumno al año— sino en otra parte.

Una de las grandes cuestiones hoy en día es el impacto de la IA en las habilidades intelectuales de sus usuarios. Asianometry piensa que tal vez estudiar el efecto de la introducción del control numérico (CNC) en las máquinas-herramienta en las habilidades de sus operarios podría arrojar luz sobre el asunto.

Catorce razones por las que la generalización de la robótica está mucho más lejos de nosotros de lo que sugieren las demos.

En todas las encuestas realizadas, más del 60% de los encuestados (a menudo el 85% o más) prefiere la arquitectura tradicional frente a la modernista, con sorprendente uniformidad por edad, sexo, clase, ideología o país.

Alex Chalmers y Rob Wiblin sostienen que es mejor enterrar la basura que reciclarla: los vertederos modernos son limpios, baratos y ocupan poquísimo suelo; reutilizar y reciclar suele salir más caro en términos de consumo de energía (la bolsa de algodón necesita 173 usos para batir a la de plástico, la pajita de acero 150, la taza cerámica 1.000) y de dinero (reciclar plásticos medios evita 0,43 toneladas de CO2 por tonelada a más de 1.000 dólares por tonelada, más caro que la captura directa de aire). Con la excepción de los metales —donde reciclar sí ahorra entre el 65 y el 95 % de la energía—, enterrar es lo sensato. El reciclaje indiscriminado es «postureo moral».