La correlación entre la mediana del gasto en consumo de un país y su tasa de pobreza es de aproximadamente .994. La mediana explica prácticamente toda la variación de la pobreza entre países y en el tiempo dentro de cada país. Por su parte, la desigualdad tiene un impacto ínfimo. Lo mismo ocurre con esos «programas» y «políticas focalizadas» de las que tanto se habla. Solo hay una estrategia efectiva contra la pobreza: el crecimiento generalizado.

Matt Clancy repasa la literatura sobre los efectos no materiales del crecimiento: haber vivido épocas de crecimiento rápido aumenta la confianza en el gobierno y el apoyo a la democracia y reduce la percepción de corrupción. Sin embargo, el estancamiento alimenta los conflictos políticos y el pensamiento de suma cero. La desaceleración económica que vivimos desde 2008 explica buena parte de la desafección democrática, el giro redistributivo y la oposición a la inmigración.

Una serie de economistas, entre ellos Joseph Stiglitz, ha firmado un artículo a favor del decrecimiento económico. Sabine Hossenfelder lo critica. Sus argumentos son que el crecimiento económico es producto de la eficiencia y la innovación, no del consumo infinito de recursos, y que el capitalismo ha sido la herramienta más efectiva para reducir la pobreza global. Como consecuencia, califica el movimiento en pro del decrecimiento como ideológico, falto de rigor científico y potencialmente perjudicial para la sociedad.

Scott Sumner defiende que lo importante para el bienestar no es quién se apropia de los beneficios de la IA sino qué se produce: 130 millones de lavadoras —o de robots domésticos— generalizan la prosperidad, mientras que 2000 megayates la concentran. La igualdad exige cambiar la estructura de la producción —más vivienda, por ejemplo— y gravar el consumo de lujo en vez de obsesionarse con la distribución de la renta. La automatización —como ocurrió con las telefonistas en los años cincuenta—, libera trabajo. Si con ello aumenta el output, todos pueden vivir mejor.

Hubo un primer «China shock»: China se convirtió en el proveedor global de manufacturas baratas. Eso acabó con industrias enteras en Occidente y, a la vez, ayudó a mantener la inflación a raya. Ahora, si a China se la empuja a encarecer el yuan e incrementar el peso del consumo en su economía, podría producirse un segundo «China shock» en el que los consumidores chinos compitan con los del resto del mundo por todo tipo de productos y servicios. Con los efectos previsibles sobre el nivel de precios, claro.

La tesis de Fernando Alfaro es que cuando la ideología choca con la termodinámica siempre gana la física. Cita como ejemplos la relocalización de BASF en China por el encarecimiento del gas; la prohibición europea del motor térmico antes de contar con la infraestructura necesaria o los problemas de los ferrocarriles españoles, faltos de mantenimiento.