En un país remoto y semicivilizado, un río separa dos aldeas. Sus habitantes se ven obligados a vadearlo como buenamente pueden cuando quieren desplazarse de la una a la otra.
A la zona llega un antropólogo europeo. Ve cómo se comportan los habitantes de los poblados, observa sus afanes para comunicarse con los de la orilla opuesta y toma nota de ello para su siguiente tratado.
A la zona llega un ingeniero europeo. Ve cómo se comportan los habitantes de los poblados, observa sus afanes para comunicarse con los de la orilla opuesta, realiza un estudio, pondera costes y beneficios y acaba proponiendo la construcción de un puente.
La economía es una disciplina que se debate entre la antropología y la ingeniería. Como una ingeniería actúa cuando, por ejemplo, construye la teoría de las subastas. Incluso cuando nos cuenta cómo actuaría un homo economicus. Frente a un problema social ubicuo —la carestía de recursos y la ineficiencia en su uso—, la economía, entendida como ingeniería, podría proponer soluciones ingenieriles. Pero con demasiada frecuencia, da la sensación de que lo que pretende es describir el comportamiento real —más que del ideal— de los agentes económicos; pero ese es el momento en que —al menos, para el autor de estas líneas— pierde el interés: para eso tenemos a los novelistas.
(Respecto a todo lo anterior, recomiendo el artículo The Economist As Reporter de Nicholas Decker.)