Existe un movimiento llamado «altruismo efectivo», EA, (de effective altruism, aunque la traducción más propia debería ser «altruismo eficiente») que busca eficientar el altruismo. Es decir, que aquellos que deseen ser altruistas, puedan serlo de manera que produzca el mayor impacto; que no se contenten con donar por donar o colaborar por colaborar sino que consigan hacerlo de una manera que maximice cierta función de utilidad.

No dejé de pensar en ello cuando leí Maybe Parents Are Just Misinvesting, de un autor anónimo en el blog de Bryan Caplan. Viene a decir que en lo que respecta a la educación que los padres proporcionan a los hijos:

  • Existen unos mínimos que benefician enormemente a los niños. Piénsese en cosas básicas como darles de comer adecuadamente, no darles palizas o quemarlos con colillas de cigarrillos.
  • Pero que las intervenciones a partir de cierto punto dejan de tener un efecto medible a largo plazo. Da la impresión de que el autor tenía en mente a esas llamadas “madres helicóptero” que agobian a los niños con actividades extraescolares de todo cariz. Añade el autor que, además de rendir escasos beneficios, tienden a agotar a los padres.
  • Sin embargo, existen determinadas intervenciones muy específicas que tienen un efecto positivo medible. El artículo menciona algunas.

Existe un evidente paralelismo. Quien se preocupa por el bienestar del prójimo, igual que quien se preocupa por el futuro de sus hijos, tiene a la mano un amplio número de intervenciones posibles. Pero existen enormes diferencias en cuanto al impacto potencial de unas y otras. El EA invierte grandes esfuerzos en revelar cuáles son las más eficaces para quienes albergan motivos altruistas. No parece estar tan claro, sin embargo, en el mundo de la crianza.