Uno de los errores más nefastos —aunque también comprensibles— del mundo en el que vivimos es el de evaluar las decisiones que alguien toma no por la estrategia sino por los resultados. Es comprensible en tanto que los resultados son observables, mientras que la estrategia, no siempre. Pero es nefasta por dos motivos: el primero y menos relevante, por la injusticia que se comete con quien obró adecuadamente y es penalizado por factores puramente aleatorios. El segundo, porque aunque castigar al perdedor y premiar al ganador es en sí una estrategia eficaz para el progreso —los errores aleatorios en una y otra dirección se compensan entre sí—, no es eficiente: hay rutas más rectas, menos sinuosas, para avanzar en una dirección deseada que dejarse mecer por el ruido aleatorio.

Escribo sobre esto por culpa de What we got wrong this year, de Tyler Cowen. Se ve que el medio en el que escribe, The Free Press, ha invitado a escribir a sus opinadores de planta a confesar un error que hayan cometido durante el año anterior, una predicción incorrecta que hayan realizado, un augurio que no se haya materializado. La elección de Cowen ha sido precisamente una equivocación de resultado, que no de estrategia. Lo cual, bajo las coordenadas en las que se escribe esto, supone incurrir en un metaerror (o error de segundo orden).

Pero que se agradece si nos ayuda a recordar y contribuye a reforzar nuestros primeros principios.