En esta entrada quiero dejar constancia escrita de cuál es mi actual posición con respecto al libre albedrío, el determinismo, el compatibilismo, etc. Se resume en que:

  • La aleatoriedad es un bug devenido feature de algunos sistemas complejos (eminentemente, nosotros).
  • Lo que conocemos como «libre albedrío» es el resultado de la domesticación evolutiva de la aleatoriedad.

La aleatoriedad es inherente a los sistemas complejos

Muchos sistemas complejos han sido creados con el objetivo de que sean 100% deterministas. Piénsese, por ejemplo, en una radio. Pero incluso en los más sencillos de entre los complejos no es infrecuente encontrar patrones aleatorios: un «ruidito» en el motor, una oscilación inopinada sin causa aparente, un ruido de fondo, un rayo cósmico que cambia un bit y otorga 4096 votos a un partido hiperperiférico, etc. En mi misma casa ocurren dos fenómenos prácticamente en el espectro Poltergeist: unas vibraciones extemporáneas en el centro del salón y caídas esporádicas e inopinadas de la corriente eléctrica.

Los diseñadores, los ingenieros, los programadores, los panaderos, etc. dedican mucho esfuerzo a evitar que sus sistemas presenten desviaciones aleatorias. El determinismo es una enfermedad que se cura rápidamente tomando un curso básico de electrónica pop.

Claro está, no vamos a negar la causalidad. Tampoco que un sujeto externo pueda entender y operar sobre el sistema para reducir su inherente aleatoriedad. Justo de eso trata el párrafo anterior. Pero desde la perspectiva del propio sistema, debido a su interacción con un entorno aún más complejo, se registran fenómenos sin causa aparente que solo puede interpretar como aleatorios. Para otra ocasión queda la interpretación de la aleatoriedad como fenómeno intrínsecamente perspectivista.

Eliminar vs domesticar la aleatoriedad

Generalmente, los sistemas complejos tienden a mostrar patrones aleatorios. En muchos de ellos, tal comportamiento es indeseable y se dedican grandes esfuerzos a tratar de eliminarlos.

También lo hacen en gran medida esos sistemas complejos que son los seres vivos de la mano de ese diseñador suyo que es la adaptación evolutiva.

Pero la aleatoriedad no es enteramente indeseable. Entre otras cosas, es el motor de la evolución biológica, cultural, sicológica, social, etc. De eso se ha escrito mucho.

Pero la aleatoriedad en el comportamiento también confiere ventajas evolutivas: si fuésemos completamente predecibles, nuestros depredadores jugarían con ventaja. Tampoco habría lugar para la negociación, la mentira y, en general, todas esas capacidades de las que tratan libros como The Elephant in the Brain o The Secret of Our Success. Todos presuponen que no somos máquinas perfectamente deterministas. De hecho, muchos de ellos son «juegos» en los que poder actuar de manera aleatoria confiere una decisiva ventaja.

De hecho, si por diseño fuésemos completamente predecibles, aún resultaría ventajoso incorporar reglas deterministas que resultasen en algún tipo de comportamiento aleatorio (p.e., caminar en la misma dirección que el grajo, u optar según una tirada de monedas). Afortunadamente, ni siquiera necesitamos mirar fuera de nosotros para experimentar una miríada de grados de libertad.

El exceso de aleatoriedad sería perjudicial para nosotros. Pero su completa eliminación representaría una desventaja evolutiva. Mi tesis es que hemos evolucionado no tanto en la dirección de eliminar enteramente la aleatoriedad como en la de domesticarla. Gracias a un cuidado e intencionado error de diseño, se nos presenta constantemente en el cerebro una cacofonía de opciones dentro de las que seleccionamos con algún criterio (en el que no habría que ser muy perspicaz para postular una combinación de factores biológicos y culturales).