Hay una forma de entender el cambio climático que consiste en aceptar que no sabemos exactamente qué va a ocurrir. No sabemos cuánto CO₂ acabará emitiendo la humanidad, cuánto calentamiento producirá una determinada concentración, cuáles serán exactamente sus efectos sobre el nivel del mar o los fenómenos meteorológicos, ni hasta qué punto las sociedades futuras serán capaces de adaptarse.
Pero de esta incertidumbre no se sigue que debamos permanecer inactivos, sino al contrario: la incertidumbre es precisamente una razón para actuar. Si existe una probabilidad apreciable de que el resultado sea muy malo, tiene sentido reducir el riesgo y reducir las emisiones. Es la lógica del principio de precaución y el argumento del libro Climate Casino de William Nordhaus.
Esta perspectiva tiene una consecuencia importante: no necesitamos convertir la incertidumbre en certeza para justificar una política climática ambiciosa. El cambio climático puede tratarse como un problema de gestión del riesgo, comparable en cierto sentido a otros problemas en los que tomamos decisiones sin conocer de antemano todos sus resultados.
Pero, según Alex Trembath, esta forma de plantear la cuestión fue progresivamente desplazada por otra. La incertidumbre empezó a ser sospechosa: podía interpretarse como una forma de negacionismo o como una estrategia para retrasar la acción. Es casi seguro, además, que se habrá usado de tal forma.
Uno de los motivos es evidente: el riesgo no moviliza a la ciudadanía. Un futuro incierto no produce la misma urgencia que una catástrofe perfectamente definida. De ahí el atractivo de dibujar escenarios concretos, como el de los 1.5 ºC. Pueden resultar útiles desde el punto de vista político —una especie de punto de Schelling—, pero carecen de soporte físico: no son los umbrales de los estados catastróficos. El calentamiento global no funciona como el agua, que hierve exactamente a 100 °C. Sin embargo, el lenguaje político terminó convirtiendo esos objetivos convencionales en fronteras aparentemente naturales. El caso extremo fue el famoso «tenemos doce años para evitar la catástrofe climática»: una simplificación de un informe del IPCC que establecía un horizonte temporal para una determinada trayectoria compatible con 1.5 °C, no una fecha de caducidad del planeta.
Otra de las estrategias de movilización fue la de reinterpretar los escenarios como predicciones. Así ha sucedido con el llamado escenario RCP8.5, interpretado rutinariamente como el business as usual, pese a sus supuestos socioeconómicos extremos.
Finalmente, los estudios de atribución de fenómenos extremos permiten postular que un determinado episodio concreto fue, por ejemplo, muchas veces más probable debido al cambio climático. Pero un enorme cociente de probabilidades no equivale necesariamente a un enorme efecto físico: cuando hablamos de sucesos situados en las colas de una distribución, variaciones minúsculas del efecto de interés pueden corresponder a grandes incrementos de probabilidad —es mucho más improbable que una persona mida 2.21 que 2.20, aunque la diferencia entre uno y otro sea de apenas un centímetro—.
Como consecuencia de estas políticas, el cambio climático dejó de interpretarse como un riesgo incierto que debemos gestionar para presentarse como una catástrofe presente con causas y responsables identificables. Y con ello la incertidumbre adquirió mala reputación: reconocerla empezó a parecer una forma de debilidad, cuando debería ser una manifestación de rigor científico. La alternativa no es negar el cambio climático, sino aceptar de manera natural que podemos tomarnos muy en serio un riesgo sin fingir que conocemos el futuro.