A raíz de una entrada de John D. Cook en su blog, Expected IQ spread on a jury, vine a descubrir un tema apasionante en el que no había reparado conscientemente hasta el día de hoy.
El motivo por el que a Cook le interesa conocer la distribución esperada de los IQs de los componentes de un jurado es que, se ve, existe una extensa literatura sobre el problema de la comunicación entre sujetos con un IQ muy desigual. Técnicamente, al fenómeno se lo conoce como el «rango de comunicación».
Un LLM ha querido ponerme al corriente de los principales hitos históricos en el desarrollo del concepto:
- Leta Hollingworth (1942) fue la primera en plantear la cuestión. Estudió a niños excepcionalmente inteligentes y llegó a la conclusión de que la comunicación fluida y satisfactoria entre dos personas requiere que sus IQs no difieran en más de 20-30 puntos. Cuando la diferencia supera ese umbral, el individuo más inteligente comienza a sentirse aislado: su forma de pensar, su vocabulario y la complejidad de su razonamiento divergen tanto que cada conversación ordinaria exige una traducción continua.
- Dean Keith Simonton (1985) estudió este fenómeno en el contexto del liderazgo. Contra la intuición popular, sus modelos demostraron que la relación entre inteligencia y capacidad de liderazgo tiene forma de U invertida. Cuando el IQ del líder supera en demasiado al de sus seguidores, su poder de persuasión cae en picado: sus argumentos resultan demasiado abstractos, anticipa variables que los demás no perciben, y habla un lenguaje conceptual que resulta ajeno. En lugar de ser considerado muy listo, comienza a verse como incomprensible y desconectado de la realidad.
- Antonakis, House y Simonton (2017) reanalizaron el asunto y sus resultados volvieron a reflejar que la capacidad de liderazgo alcanzaba su pico en torno a un IQ de 120. A partir de 128, las valoraciones de sus subordinados y compañeros comenzaban a caer significativamente.
No tengo nada más que decir.