Hay gente que, sea por convicción personal o por los requisitos del trabajo que desempeña y que paga sus facturas, genera discursos en los que da más valor a las necesidades de los bichos que a las de las personas.

Imaginemos que un periodista quiere escribir, por ejemplo, sobre la necesidad (o no) de construir más embalses en España. Debería contactar con varios expertos sobre la materia, documentarse seriamente y mostrar una visión panorámica sobre el estado de la cuestión. Pero tal vez esté demasiado ocupado, no pueda dedicarle el tiempo que requiere y se conforma con la opinión de un único experto. Este experto podría ser uno de esos individuos que ama a otras especies más que a la suya propia y el resultado de esa interacción bien podría ser el artículo que he enlazado en este mismo párrafo.

No tengo nada personal contra ese tipo de personas. Pero por ética periodística y para que los lectores perdamos menos tiempo en la exégesis de lo que se cuenta, los articulistas deberían dejar claramente explicitado que las opiniones que vierten son las de un tipo que razona bajo el principio general de que los salmones son más importantes que la gente que lleva meses esperando una cirugía que no llega.