Tendemos a pensar que la sensación de vivir tiempos de cambio abrupto es algo específicamente contemporáneo; piénsese en la automatización, la IA, la globalización, la precariedad, las reglas que cambian demasiado rápido, etc. Pero no es una intuición exclusiva del día de hoy. Ya en 1913, en L’Argent, Charles Péguy, que entonces tenía 40 años, describía un mundo en el que el suelo se había movido bajo los pies de la gente común. Al rememorar la Francia de su infancia, todavía cercana a un mundo artesanal y estable, lamentaba no solo la desaparición de ciertas costumbres, sino algo más profundo: la ruptura de un pacto implícito entre prudencia y seguridad:
Llegó un tiempo en que quien no jugaba perdía siempre, seguramente más todavía que quien jugaba.
La modernidad, para Péguy, no consistía simplemente en que algunos arriesgaran para ganar más. Eso siempre había existido. La novedad era otra: la abstención deja de proteger. Antes, uno podía aceptar una vida modesta, renunciar a la ambición, no especular, no moverse demasiado, y conservar al menos cierta estabilidad. En el nuevo mundo descrito por Péguy, quedarse quieto también destruía; no invertir era perder poder adquisitivo; no cambiar de ciudad equivalía a perder oportunidades; no asumir riesgo profesional, a quedar rezagado; no adaptarse, a caer.
Era una observación radicalmente moderna. Gran parte de la ansiedad económica contemporánea tiene ese origen: no del riesgo voluntario, sino del riesgo obligatorio. No de competir por más, sino de competir para no retroceder.
Péguy también advirtió la velocidad del cambio: sostenía que el mundo había cambiado más en las últimas décadas que en los veinte siglos anteriores. Puede sonar hiperbólico, pero capta una experiencia reconocible: la de generaciones que sienten que las reglas aprendidas en la juventud dejan de servir antes de llegar a la madurez.
Su queja no era superficialmente reaccionaria. No añoraba solo paisajes o modales perdidos. Añoraba un mundo legible, donde el esfuerzo prudente conservaba valor y donde las reglas no mutaban sin aviso.
Muy moderno, Péguy.