Llevo muchos años leyendo a Scott Alexander, un escritor con una hinchada prácticamente incondicional en ciertos círculos intelectuales en los que se consideran muchas de sus entradas de blog verdaderas «obras maestras». Ciertamente, es un escritor potente, con una capacidad envidiable para identificar temas relevantes, interesantes y no triviales; recabar y sintetizar la información pertinente y, además, exponerla de una forma accesible, amena y altamente persuasiva.

Pero.

Desde hace un tiempo, mi «embudo de lectura» ha incorporado un «resumidor» de textos. Antes de embarcarme en la lectura completa de uno de los muchos artículos que publican los muchos autores que sigo, leo un resumen generado por un LLM. De hecho, he implementado un sistema que me sirve automáticamente los resúmenes y solo me digno a leer el texto original completo cuando el resumen da a entender que lo merece.

Muchos de los textos que me alcanzan tienen la siguiente estructura: el autor X, en el tema Y, es partidario de Z (cuando el tema Y y los argumentos que se esgrimen al respecto, incluido el Z, son resabidos). Entonces el artículo solo informa acerca de la postura de X, que puede incrementar (o no) la verosimilitud de que Z sea idóneo para Y. Solo de vez en cuando tropieza uno con Zs novedosas.

Retomando el hilo de la entrada: el uso de LLMs para resumir artículos me ha hecho reconsiderar la valoración que hacía antes de la producción de Scott Alexander. Tiende a sucederme que:

  • El resumen de sus entradas es frecuentemente trivial (p.e., que los problemas políticos tienen dos fuentes (falta de conocimiento y conflicto entre partes) y que hay gente que tiende a dar más peso a la una que a la otra, con las previsibles consecuencias).
  • Sin embargo, el resumen es frecuentemente «suficiente» (en la acepción estadística del término, si se quiere): cuando leo el original, me doy cuenta de que no aporta mucho más que el resumen: hay, sí, más referencias (habitualmente, muchas: es marca de la casa), explicaciones hasta la saciedad (si yo supiera escribir tan bien como él, también me explayaría mucho), multitud de ejemplos, un estilo característico y sumamente entretenido,… pero habitualmente no mucha más sustancia que la del resumen.

Scott Alexander tiene dos grandes habilidades. La primera, elevar el tono de un argumento a la hora de plasmarlo por escrito; es una habilidad no trivial y de la que carece el 99.99% de la población, pero que lo define más como un narrador —y, en ocasiones, podría decirse que incluso un propagandista— que como un pensador de primera línea. La segunda, saber identificar determinadas nebulosas de correlaciones, identificar el concepto y ponerle un nombre afortunado. Aunque no está claro en qué medida esto es resultado de sus propias elucubraciones o si él actúa solamente como el comunicador de ideas que pululan y se discuten en su entorno intelectual y social.

En resumen, Scott Alexander es un excelente comunicador, probablemente ejerciendo de una especie de «community manager» para una comunidad de personas muy inteligentes y altamente cualificadas; que escribe muy amenamente, que nos ofrece esporádicamente píldoras de conocimiento pero que carece de la profundidad y sistematicidad de otros pensadores como podrían ser Joseph Heath o, en la liga nacional, Gustavo Bueno.

Coda 1: Véase esto sobre el llamado «índice de compresibilidad».

Coda 2: Los llamados marxistas analíticos tomaron las obras de Marx y catalogaron cada frase en categorías como “ideología”, “opinión”, “hecho empírico”, “tautología”, etc. para ver qué quedaba en pie de su obra tras la criba. ¿Qué quedaría de Scott Alexander tras un purgado análogo?