Google nació, creció y en un momento dado, decidió salir a bolsa. Entonces facturaba cero euros. No estaba claro cómo iba a ganar dinero y quien compró sus primeras acciones lo hizo movido por un acto de fe. Luego pasó lo que todos conocemos.

OpenAI factura algo, pero no lo suficiente. Necesita más ingresos. Está en ese momento Google en el que tiene que decidir qué cosa hacer para pasar de promesa a realidad. Matt Levine, al discutir el asunto en su columna, escribió recientemente:

Al parecer, Sam Altman se enfrentó a la disyuntiva de elegir entre trabajar para que los modelos de OpenAI fueran superinteligentes o trabajar para que dieran a los usuarios las respuestas que estos querían, y aparentemente decidió: “bah, vamos a por el engagement”. Cualquiera que haya echado un vistazo a las redes sociales sabe que la superinteligencia y el engagement son opuestos. Quizás la inteligencia de los modelos de IA tiene un tope —no en la teoría de la informática, sino en la práctica comercial— en el nivel de inteligencia de un muro de redes sociales. Tal vez eso sea, incluso, una buena noticia para la humanidad.

La frase en negritas, no me lo neguéis, es enmarcable.