El experimento mental del «velo de la ignorancia» es el siguiente:
Imagina que tienes que diseñar las reglas de una sociedad sin saber qué persona te tocará ser en ella. Podrías ser rico o pobre, estar sano o enfermo, tener talento o carecer de él. ¿Qué reglas elegirías?
Se lo atribuye a John Rawls —a quien también se le debe el nombre por el que se conoce universalmente—, que lo convirtió en la pieza central de su «Teoría de la justicia» (1971).
Creo que es ocioso reproducir aquí la totalidad de las conclusiones que Rawls extrajo de su análisis. Me limitaré a algunas de las más relevantes para lo que sigue:
- Existen bienes fungibles, a los que se puede atribuir un valor externo finito y que, por lo tanto, pueden negociarse y transarse. Podemos referirnos a ellos como «preferencias».
- Pero existen bienes innegociables y absolutos —el derecho a la vida, la libertad, etc.— que son «sagrados» e inalienables.
- Finalmente, rige el principio «maximin»: una sociedad es justa en función del bienestar de su miembro más desfavorecido.
Es menos conocido que John Harsanyi (premio Nobel de economía en 1994) ya había planteado la cuestión del velo de la ignorancia antes, en los años cincuenta. Harsanyi buscaba un procedimiento para evaluar moralmente una organización social de forma ecuánime e impersonal. La pregunta concreta que formuló era: ¿qué organización social preferirías si tuvieras una probabilidad de 1/n de ocupar cualquiera de las n personas que la conforman y tuvieras que vivir su vida con sus gustos, capacidades y circunstancias?
Así, Harsanyi reformuló el problema como uno de la teoría de la decisión bajo incertidumbre. La estrategia canónica para resolverlos es la de razonar sobre la utilidad esperada. El agente moral de Harsanyi es un decisor bayesiano al que se le pide que adopte un punto de vista imparcial. La moralidad no es una capa adicional superpuesta a la racionalidad: está implícita en la formulación matemática del problema moral.
Esta «tecnología», sin embargo, le exigía resolver dos problemas técnicos. El primero, poder realizar comparaciones interpersonales de utilidad. Introduciendo una serie de postulados —problemáticos1, según algunos— sobre dichas funciones, logró construir funciones que las permitían.
El segundo, poder agregar las utilidades de los distintos individuos. Eso lo condujo a su afamado «teorema de agregación» de 1955 que «demostró matemáticamente» que el bienestar social es necesariamente una suma ponderada de las utilidades individuales.
El análisis del experimento mental del velo de la ignorancia condujo a Harsanyi a las siguientes conclusiones:
- Todos los bienes son fungibles (luego no existen bienes innegociables y absolutos).
- El criterio de optimalidad moral es la maximización de la función de utilidad agregada, de la utilidad «promedio».
No sé si a alguien le sorprenderá que personas altamente inteligentes y educadas examinen un mismo problema y le encuentren respuestas tan diferentes. Además, recibiendo ambas amplio reconocimiento por su análisis: un premio Nobel para el uno, universal reconocimiento como uno de los filósofos más influyentes del siglo XX para el otro.
Tampoco quiero aburrir a mis lectores con mi interpretación del asunto. Es irrelevante para el inexorable devenir del universo.
Pero sí quería avisarles de esta antinomia por si algún día les parece adecuado hacer alguna puntualización docta en alguna discusión sobre el asunto.
Por lo que parece, rehuyendo las dimensiones que Rawls consideraba «sagradas» y concentrándose en el resto. ↩︎