Tirar de una cadena rota

Las ideas importantes, para ser verdaderamente operativas, tienen que cristalizar en el lenguaje: tenemos que poder referirnos a ellas con un nombre inequívoco, con una expresión breve. Las perífrasis y los abundamientos llenos de palabras no sirven, no son tan eficaces.

Uno de los problemas más graves que nos aquejan es el de la habitual confusión entre correlación y causalidad. Lo típico, como es bien conocido, consiste en confundir la primera con la segunda. Sin embargo, la expresión correlación no implica causalidad es insuficiente: hace referencia a un distingo abstracto. En particular, no nos informa sobre qué conviene hacer y, muy especialmente, no nos advierte de las consecuencias del error. Consecuencias que se ven por doquier en nuestras sociedades actuales, tan proclives a las intervenciones, y sobre las que es ocioso abundar.

La ciencia se construye; la tecnología se aprende

La visión generalmente aceptada es la contraria: que la ciencia es eminentemente conceptual y la tecnología, práctica. Pero esa concepción puede conducir a engaños. Por ejemplo, uno puede argumentar: si X es una ciencia y yo sé —o estudio, o estoy aprendiendo, o uso— X, entonces yo soy un científico. Pero no, puede que no seas más que un técnico (o un tecnólogo).

Alguien puede trabajar como estadístico: recopila datos, realiza análisis, crea informes. ¿Es un científico? Pudiera serlo (en el ámbito en el que trabaja, p.e., la biología), pero, ¿sería un estadístico científico? Hacía ciencia estadística R. A. Fisher cuando demostraba las propiedades de la estimación por máxima verosimilitud, las discutía con sus colegas, las recogía en artículos y libros y las publicaba. Pero, ¿es eso lo que hace nuestro estadístico?

Platón gana todas las guerras, pero Protágoras todas las batallas

Esta entrada tercia en el conflicto entre Sokal y Latour que el primero —junto a su coautor— describe en Fashionable Nonsense: Postmodern Intellectuals’ Abuse of Science. El libro discute dos grandes discrepancias en dos capítulos distintos del libro, aunque para los efectos de esta entrada, el conflicto relevante es el que se describe en el capítulo dedicado a la sociología de la ciencia.

Voy a comenzar con una breve semblanza de los dos protagonistas. Sokal es un físico conocido sobre todo por el llamado escándalo Sokal. Lo que sucedió, en pocas palabras, es que Sokal envió un falso artículo a una revista de estudios culturales posmodernos sosteniendo un desafuero —que la teoría de la gravitación cuántica es una mera construcción social y lingüística— y consiguiendo que fuese publicado. Pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que Sokal tiene una postura muy común entre la gente dedicada a la ciencia según la cual existe una realidad objetiva ahí afuera y que la ciencia la describe en términos exactos e incuestionables.

Ocasionalismo laico

El ocasionalismo es una doctrina filosófica que no encuentra otra solución a que las cosas ocurran que la acción contante de Dios causándolas:

Malebranche […] negó a las criaturas todo tipo de poder causal, incluyendo los poderes intra-sustancia defendidos por Leibniz. Para Malebranche, incluso los estados internos de una criatura son meras ocasiones para que Dios genere las correspondientes transiciones entre ellos. (Fuente)

Todo lo que vemos, según los ocasionalistas, es el resultado de una smiríada micromilagros divinos.

Moral, moralización y amoralización

He leído recientemente dos entradas (esta y esta) en el blog —muy recomendable— Evolución y Neurociencias que tratan la llamada moralización de la respuesta al covid. Pero no me voy a referir hoy tanto al fondo de la cuestión que discute y las conclusiones que alcanza su autor —que me son, al fin y al cabo, simpáticas—, como a describir y, si me da tiempo, criticar, el marco conceptual que le sirve de apoyo.

Sobre la bioética

En esta entrada voy a seguir la que creo que es la nomenclatura más comúnmente aceptada: me referiré a la moral como el comportamiento observado de los agentes —sean estos personas, la mafia, un claustro de profesores o el cuerpo de bomberos— y a la ética como el estudio teórico de dichos comportamientos, sea cual fuere su naturaleza.

Es tentador para los estudiosos de la ética buscar reglas formales, sean estas de carácter normativo o puramente descriptivo. En tales casos, la ética opera de una manera similar a como lo hacen las ciencias positivas:

De Superviventia

No sorprenderá a nadie que las primeras líneas que se escriben en este blog se refieran al apotegma cartesiano. Permítaseme recordar al lector cómo en su Discurso del Método, Descartes encuentra en esa fórmula un asidero que le permite escapar, a lo Münchhausen, del pozo de la duda metódica.

Al autor de estas líneas —y simplemente, el autor en todo lo que sigue— lo sometieron primero a un régimen de certezas míticas; luego, a la trituradora espasmódica del pensamiento crítico, que lo sumió en un marasmo relativista. Su particular idea clara y distinta que lo elevó por encima del todo vale —o, más bien, del ¿por qué no todo va a valer?— fue la de la supervivencia.