Moral, moralización y amoralización

He leído recientemente dos entradas (esta y esta) en el blog —muy recomendable— Evolución y Neurociencias que tratan la llamada moralización de la respuesta al codiv. Pero no me voy a referir hoy tanto al fondo de la cuestión que discute y las conclusiones que alcanza su autor —que me son, al fin y al cabo, simpáticas—, como a describir y, si me da tiempo, criticar, el marco conceptual que le sirve de apoyo.

Moralización y coordinación

Dice, por ejemplo (y permítaseme subrayar los conceptos más importantes en las siguientes citas):

En cualquier cultura, en un momento determinado, existe un consenso acerca de las actividades que caen dentro del dominio de la moral y las que caen fuera.

Pero no está claro qué considera el autor que significa estar dentro del dominio la moral. No obstante, da pistas al respecto en lo que sigue:

Pero esta dicotomía no es estable o inamovible, sino que el estado moral de una actividad fluye y cambia con el tiempo. La Moralización es el proceso por el que una actividad que previamente se consideraba fuera del campo moral entra dentro del mismo. Por citar un ejemplo, en los últimos años se ha ido moralizando el consumo de carne de manera que ha aumentado la creencia de que comer carne es inmoral. Al proceso inverso, es decir, que un objeto o actividad considerada moral salga del dominio moral, Paul Rozin lo denomina Amoralización. Un ejemplo podría ser el cambio en las actitudes hacia la homosexualidad.

También aquí:

La moralización consiste en considerar un asunto como perteneciente al campo de la moralidad (el campo de la distinción entre lo bueno y lo malo, o el bien y el mal) y como resultado hay algo que se considera malo y que se condena, en el caso de la Covid no mantener la distancia o no usar mascarilla. La moralización es el proceso por el que las preferencias se convierten en valores, por ejemplo, la preferencia de fumar o de comer carne, cuando se moraliza, se convierte en algo malo moralmente y condenable. Las convicciones morales tienen unas características determinadas y dos propiedades claves son que cuando algo se moraliza se considera universal y objetivamente verdadero. Es decir, no hay discusión ni compromiso posible.

Y, finalmente, el quid de la cuestión, la moralización como mecanismo de resolución de problemas de coordinación:

¿Por qué moralizamos los humanos? Cada vez hay más consenso en que la moralidad es un mecanismo psicológico para resolver problemas de coordinación de los grupos humanos. En esta visión, la moralidad (en el sentido de capacidad humana, instinto o sentido moral) es una adaptación, es decir, algo que ha pasado el filtro de la selección natural porque contribuye al éxito reproductivo. Los individuos o grupos que moralizaron los problemas fueron capaces de actuar colectivamente de una manera más eficaz que los que no lo hicieron. Es difícil imaginar un problema que requiera más una conducta colectiva rápida y eficaz -una coordinación y un cambio en las reglas de cooperación importante- que una pandemia. Así que una pandemia tiene todos los boletos para que la respuesta a la misma se moralice. Ha ocurrido a lo largo de la historia en repetidas ocasiones y esto es lo que encuentra el estudio que comentamos aquí: la gente moraliza, considera justificado condenar a los que no guardan la distancia y culpan a los ciudadanos de la severidad de la pandemia.

El argumento del autor sería más o menos así: para luchar contra la actual pandemia tenemos que resolver —aunque no queda claro si es realmente necesario o si es el único— un determinado problema de coordinación. Uno de los procedimientos para resolver estos problemas es el de recurrir al mecanismo sicológico de la moralidad de manera que el seguimiento de una serie de normas ya no se deja a la voluntad de la gente para que obre según sus preferencias sino que se puedan considerar justas y necesarias y les puedan imponer moralmente. En ese sentido, la argumentación del autor es descriptiva en tanto que lo que viene a decir es que el mecanismo de la moralidad existe (y se ha usado a lo largo de la historia en repetidas ocasiones) y que, de alguna manera y por algún motivo —aunque el autor confiesa que hubiese preferido otras alternativas— se ha puesto en marcha con ocasión de la epidemia del covid. Pero también normativa en tanto que advierte cómo su moralización ha convertido en obligatorias ciertas liturgias de flaco contenido científico y ha activado ciertos mecanismos que juzga contraproducentes.

Mercados, valores y preferencias

La idea anterior de la moralidad como mecanismo de coordinación social basado en lo que el autor llama valores y no en preferencias tiene un contrapunto en el mercado como mecanismo probado de coordinación social basado no en valores sino en preferencias.

Pero también da que pensar la contraposición que hace el autor entre valores y preferencias, en lo que creo que se debería ahondar para evitar malentendidos. Porque, en el fondo, ¿qué son las preferencias sino una comparación de valores (el de las manzanas contra el de las peras, si se quiere)? Para que pueda haber algún tipo de contraste entre preferencia y valor habría que conjugar lo absoluto: la moral tal como se entiende en las entradas que analizo entraría en la ecuación no al considerar valores en lugar de preferencias, sino al considerar algunos de ellos infinitos y, por lo tanto, incomparablemente por encima o por debajo del resto.

Entonces, la moralidad como mecanismo de resolución de problemas de coordinación, puede entenderse como el paso al límite de un mercado basado en preferencias cuando algunas de ellas —relativas y mutuamente conmensurables— convergen (o, más propiamente, divergen) a infinito y se convierten en valores absolutos.

Moralización y amoralización como recalibración

Discrepo de la hipersimplificada división binaria entre asuntos morales y no morales. Acepto un sistema de preferencias personales —que pueden ser distintos incluso para la misma persona según el contexto en el que se encuentre— mutuamente comparables. Acepto la variabilidad en la importancia relativa que se concede a los componentes en los que se basan las preferencias personales a lo largo del tiempo (por ejemplo, las preferencias sobre la carne pueden valorar el precio, la salud propia, la calidad del corte, el daño causado a los animales, la contaminación causada por su cría, etc.); e incluso en la existencia de momentos históricos en los que pueden sufrir cambios muy sustanciales.

Acepto que esos cambios puedan meritar un nombre concreto y, aunque no sea mi favorito, entiendo que haya gente a la que moralización y amoralización les parezca bien.